jueves, 29 de junio de 2017

¿Cómo pongo límites y normas a mi hijo?

En el post anterior me preguntaba por qué nos preocupa tanto cómo poner límites a nuestros hijos, qué son los límites y la diferencia entre ser padres permisivos o autoritarios. 

Hoy os voy a contar brevemente qué podemos esperar de los niños según su edad para poder entenderles y enseñarles mejor. Y para terminar os daré unas claves para establecer normas desde el respeto y con mucho amor.

¡Empezamos!

De 0-2 años
En esta edad los niños son pura necesidad. Necesidad que pasa por la supervivencia. Necesitan comer, dormir, sentirse protegidos y amados. Y para todo esto necesitan a mamá o papá cerca, y si están los dos siempre prefieren a mamá (¡qué tendremos las madres!).
En esta etapa no hay límites. Las necesidades de los bebés no las podemos limitar. Por eso la lactancia y el sueño son a demanda, sin horarios, y tenemos que ofrecerles todo el cuidado y atención que necesitan. Aunque no seamos conscientes, no atenderles como ellos esperan y necesitan es contraproducente y perjudicial para ellos. (Sí, son muy demandantes y es muy cansado, quizás no te lo dijo nadie antes de ser madre. Ahora ya lo sabes, así que atiéndele cómo se merece. Ser madre es una entrega total, cansada pero reconfortante).

El único lenguaje que tienen con esta edad es la queja y el llanto. Si el niño está bien, calla; si se siente mal, llora. El problema es que muchas veces los adultos no somos capaces de entenderles. No lloran por maldad. No tienen malos comportamientos y tampoco podemos decir que tienen rabietas. Detrás del llanto de un niño siempre hay una causa, así que hay que atender el llanto hasta que averigüemos el motivo. El niño tiene una necesidad o una molestia y lo que quiere es que se la solucionemos porque él solo no puede.
Ante la duda de por qué llora nuestro bebé y no saber qué hacer, siempre funciona cogerle en brazos. Pero “todo el mundo dice que le voy a malcriar”. ¡Cógele! Si sientes que debes hacerlo, ¡hazlo! Los bebés sólo necesitan cariño y tener a mamá y papá cerca. La necesidad de contacto de los bebés es casi continua y si no se la damos nos la reclamará. Si dejas llorar a tu bebé se sentirá desprotegido. Si le haces caso cuando llora sabrá que mamá y papá siempre están cuando les necesita. No le vas a malcriar. Estás criando un bebé sano, feliz, seguro y con autoestima, que cuando crezca sabrá que sus padres siempre están a su lado cuando les necesita. Atenderlos siempre no es sinónimo de malcriar, sino de educar correctamente.

A partir del año comienzan a decir algunas palabras y a utilizar gestos que nos facilitan la comunicación. También comienza a coger cosas y a moverse (se gira, se sienta, gatea, se pone de pie, camina). Igual que no podemos regañarle por caerse de la cama porque ha aprendido a girarse (es responsabilidad nuestra no dejarse solo), no podemos regañarle porque coge un jarrón de cristal o tira del mantel y se cae todo. El niño está descubriendo el mundo que le rodea, que para él es apasionante. Somos los adultos los que tenemos que ofrecerle un espacio seguro donde poder desarrollar todas sus capacidades. Tapa los enchufes y quita de su alcance las cosas peligrosas o que no quieras que estropee. Es tu responsabilidad, no le culpabilices a él. Si ocurre un accidente él será el primero que se asuste. Abrázale y explícale amorosamente qué ha sucedido, aunque creas que es sólo un bebé y no te entiende poco a poco irá comprendiendo.

De 2-4 años
A partir de los 2 años, los niños comienzan a estar preparados para hablar y razonarComienzan a tener ideas propias y a darse cuenta de que son personas diferentes a las que les rodean. Es la etapa de las rabietas, porque el niño tiene unas ideas y unas razones muy importantes para él, y hasta que no entienda que las nuestras son mejores las va a defender.

A veces los límites que les queremos poner a esta edad son cuestionables, porque dependen de nuestra cultura o de la educación que hemos recibido. Por eso, no debemos ponerles miles de normas y decirles que NO a todo. Tenemos que ponerles pocas normas, pero que sean claras.

Cuando no hacen caso o “se saltan las normas” lo único que están intentando comprobar es si lo que le hemos dicho es de verdad tan importante. Por eso, si nuestro hijo defiende su postura o hace una rabieta, nosotros tenemos que mantener siempre nuestra palabra, porque si acabamos cediendo, para que el niño no monte una pataleta o la líe en público, le estamos "enseñando" inconscientemente que realmente no era tan importante lo que le estábamos pidiendo y lo que conseguimos es que por norma no nos haga caso.

Hay límites incuestionablesSon aquellos que le protegen de dañarse y dañar a los demás, como no se pega ni se daña a nadie (no se muerde, no se empuja, no se araña....). Es cierto que esta etapa todavía es muy sensorial y muchas veces se relacionan con sus iguales pegando y mordiendo. Debemos explicarles amorosamente pero con firmeza que ese comportamiento no está bien y por supuesto ser coherentes y no regañarles pegándoles nosotros. 

En esta etapa los niños siguen siendo muy demandantes. Piden muchas cosas permanentemente. "Mamá ven", "mamá mira", "mamá, mamá, ¡mamá....!". Para nosotros es muy cansado (sobre todo si pasamos mucho tiempo con ellos y tenemos varios hijos) y con las miles de cosas que siempre tenemos que hacer solemos decirles que NO a todo"Ahora NO puedo", "Espera", "Más tarde". Inconscientemente el mensaje que se les queda es que no hay que atender las demandas que te hagan, por eso, cuando nosotros les pedimos que nos hagan caso (¡a la primera!), no lo hacen (si mis padres no me hacen caso (a la primera) cuando yo les pido algo...que insistan como insisto yo). 

De 5-8 años
En esta etapa el niño ya sabe cuáles son las normas y cómo debe comportarse, siempre que le hayamos puesto las normas adecuadas y claras. En este momento los problemas que surgen son de convivencia y comportamiento porque el niño no hace lo que nosotros esperamos. Es el momento en el que los niños empiezan a cuestionarse las cosas (cada vez más a medida que se acercan a la adolescencia). Hasta ahora las normas les han permitido moverse y decidir con autonomía y libertad dentro de un "recinto seguro". Ahora, poco a poco se van midiendo con las normas y propuestas que les hacemos para descubrir si son realmente buenas y necesarias para ellos.

  
¿Cómo poner límites y enseñar normas a nuestro hijo?

Como hemos visto, lo primero de todo es saber en qué momento de su desarrollo se encuentra nuestro hijo y qué podemos esperar de él
Los límites tenemos que ponerlos porque son necesarios, pero siempre desde el respeto: sin gritar, sin castigar, sin amenazar, sin chantajear. 
Educar con apego y con amor, no quiere decir dejarles hacer lo que quieren. Y diréis: "Pero hasta que no le doy un grito no me hace caso". Párate a pensar si realmente te hace más caso porque le gritas o lo hace por miedo al castigo o las represalias. A lo mejor sigue sin hacerte caso aunque le gritas. ¿Seguro que gritarle te está surtiendo efecto? (Si quieres puedes leer más sobre Educar sin gritar en este post)

La mayoría de las veces, sobre todo cuando son pequeños, no van a entender los límites que les ponemos, pero poco a poco los irán entendiendo y los aceptarán mejor si se lo decimos de forma que ellos se sientan queridos, respetados y de que lo decimos por su bien.

1. Ponte a su altura, mírale a los ojos y habla sin alzar la voz.
2. Dile frases cortas y fáciles de entender“En casa no se juega a la pelota"
3. Dale explicaciones: Educar en valores implica explicarle a los niños por qué se hacen las cosas, las consecuencias o las reglas. Responder con un “porque sí” o “porque no” no es válido. "En casa no se juega a la pelota porque no hay espacio y se pueden romper las cosas".
4. Empatiza con tu hijo y escúchale para conocer su punto de vista.
5. Dale nuevas alternativas: Al darle a escoger el pequeño sentirá que tiene libertad para elegir y que le tienes en cuenta. Evitarás que te desobedezca porque le impusiste una tarea. Hazle partícipe y se sentirá útil. Si no quiere bañarse porque está muy entretenido jugando o viendo la tele puedes decirle: cuando mamá ponga la mesa o cuando acabe el capítulo nos bañamos (recuerda que los niños no saben qué son 10 minutos ni cuánto duran). O si tiene que recoger antes de irse a dormir le puedes preguntar si quiere recoger antes o después de bañarse o de cenar.
6. No le digas que es malo: él no es malo, es mala su conducta. No le censuramos a él, sino a su conducta, por eso nunca rechaces al niño por una travesura o mal comportamiento. 

“Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite” (R.L. Stevenson. Dr. Jekyll y Mr. Hyde)


Si el límite o la norma ya se ha quebrantado tenemos que asumirlo. Intentar conseguir lo que uno quiere o necesita no es malo en sí mismo. Nuestra función es retomar y volver a la situación de seguridad o volver a explicar el porqué de la norma.
7. Cuida tu temperamento: no dejes que tu enfado o falta de control te hagan arrepentirte de cómo le tratas. Primero cálmate para no gritarle y luego corrige con firmeza pero de forma amorosa. En el siguiente post escribiré sobre cómo gestionar nuestro enfado y el de nuestros hijos.
8. No incumplas tus propias reglas y predica con el ejemplo: Las normas se imponen y son para cumplirse. No es aceptable que antepongas lo que él desea sólo porque no haga una pataleta y tampoco es aceptable que tú no cumplas una norma que le pones a él, por ejemplo, “en la mesa no se come con el móvil”.


Para educar se necesita tiempo, paciencia (mucha paciencia)comprensión y respeto. Y es cansado (muy cansado) hay que repetirles las cosas miles de veces, pero es necesario perseverar.

Nadie dijo que fuera fácil. 
Muchas veces se trata de "desaprender lo aprendido"
¡Y cuántas cosas aprendemos y desaprendemos educando a nuestros hijos!




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Libros recomendados:
Ni rabietas ni conflictos, Rosa Jové 
Aprender a educar, Naomi Aldort
Ser padres desde el corazón, Inbal Kashtan

Fuentes:
Ni rabietas ni conflictos, Rosa Jové 
http://www.psicologiaycrianza.com 
http://www.miriamtirado.com/es/ 
http://mamaom.es/

viernes, 23 de junio de 2017

¿Por qué nos preocupa tanto cómo poner límites a los niños?

Hoy voy a tratar un tema que a muchos padres nos preocupa. Pero antes de entrar en materia, que da para mucho, lo primero que quiero decir es que la palabra “límite” no acaba de convencerme.

¿Qué es un límite? 
¿Los adultos tenemos límites?
¿Nos gusta vivir limitados o queremos vivir plenamente desarrollando todo nuestro potencial?

Límite suena a controlar y a oprimir los impulsos, imponiendo el criterio del adulto por encima del desarrollo del niño y su necesidad. En una educación autoritaria realmente es así; estamos cansados de oír el “porque yo lo digo, ¡y punto!” y de ver a los adultos dirigirse a los niños de forma agresiva y con amenazas. Pero hacerlo así no es educativo, el niño hará lo que le digamos por miedo al castigo o las represalias y nosotros lo que queremos es que lo haga porque es bueno para él, llegando el momento en que lo entienda y lo haga porque sale de él sin que nosotros tengamos que decírselo, porque es responsable, capaz y autónomo.

Creo que cuando hablamos de límites referidos a los niños, lo que en realidad queremos decir, o por lo menos a lo que yo quiero referirme, es a cómo ponerles normas. Y más que “ponerles” diría cómo hacerles entender ciertas normas básicas (e incluso iría un poquito más allá, y diría cómo ayudarles también a adquirir actitudes y comportamientos buenos y valiosos) a nivel personal, familiar y social que les permitan desarrollarse como personas y poder relacionarse adecuadamente con los demás.

Las normas son esenciales y deben permitir a los niños distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, lo que es bueno o malo para ellos y para los demás, lo que es peligroso, etc. Además nos permiten aprender a ser educados y a respetar a los demás. En definitiva, el niño debe aprender, con la ayuda del adulto, a descubrir por sí mismo lo que es bueno y adecuado.

Los niños necesitan normas claras, aunque a medida que crezcan sean cuestionadas. Tener normas les permite moverse y decidir dentro de un “recinto seguro” en el que van a moverse con autonomía y libertad sin hacerse daño ni dañar a nadie. Con el tiempo podrán medirse frente a esa propuesta o norma y descubrir entonces si realmente es buena y necesaria para ellos.

Está claro que hay normas que no son cuestionables; como por ejemplo: “No se meten los dedos en el enchufe” o “No se pega”, pero debemos explicarles siempre el porqué.

Si a los niños no les ponemos normas o las normas que les ponemos son arbitrarias o poco claras el niño se siente confuso y desprotegido. Los niños están aprendiendo y necesitan saber que papá y mamá tienen “el control” y que si pasa algo le van a ayudar. Si se siente confundido, le costará más hacer caso, porque no sabe si es que "sí" o que "no" o si finalmente va a poder hacer "lo que él quiere". Un niño “sin límites” buscará todo el tiempo que se los pongas porque necesita de ellos y él todavía no es capaz de ponérselos. 


Freepick

¿Por qué nos preocupa tanto el tema de cómo poner límites a los niños?

Quizás a esta pregunta podáis contestar mejor vosotros. Yo lo que creo es que tenemos miedo a ser autoritarios o a pecar de ser demasiado permisivos. No sabemos dónde está el término medio y no queremos educar niños consentidos y malcriados.

Que nuestros hijos no nos comprendan, tengan rabietas o tengan su propio punto de vista sobre lo que les decimos cuando les ponemos límites es algo que nos pone nerviosos, nos enfada e indigna, hasta tal punto que a veces acabamos gritando y amenazándoles y, por el contrario, otras veces nos volvemos blandos y, para que el niño no haga una pataleta, cedemos en nuestro límite y entonces lo que le decimos no habrá servido de nada.

¿Será que no tenemos referentes a nuestro alrededor de los que aprender?

Los padres permisivos muchas veces son aquellos que no saben cómo poner límites o qué límites poner. Otras veces son aquellos que pasan poco tiempo con sus hijos e intentan compensarles de alguna manera o no quieren enfrentarse a ellos. Si tendemos a ceder y el niño siempre se sale con la suya, pensará que siempre tiene que ser así. Le costará relacionarse y pondrá su felicidad en las cosas materiales y en la satisfacción de sus deseos. El niño tiene que aprender que puede sentirse bien a pesar de no conseguir lo que quiere.

Los padres que se pasan de autoritarios son aquellos que ponen un montón de límites, muchos arbitrarios y sin sentido, y viven la relación con sus hijos en “aquí mando yo” y “porque yo lo digo” y en un forcejeo de "a ver quién puede más". Quizás sus padres eran así y no conocen otra forma de educar o a lo mejor intentan compensar que tuvieron padres que no les atendían lo suficiente y es su forma de proteger a sus hijos.

Parece complicado, pero lo importante es que nosotros, adultos, tomemos conciencia de cómo hemos sido educados y de cómo queremos educar; de cómo les tratamos y de cómo resolvemos los conflictos.

Los niños aprenden con nuestro ejemplo, por eso, para ponerles normas hay que comenzar a enseñarles con nuestra forma de actuar.

En el próximo post os contaré cómo poner límites y normas a nuestros hijos y veremos qué podemos esperar de ellos en cada etapa evolutiva. 

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Fuentes:
Ni rabietas ni conflictos, Rosa Jové
http://www.psicologiaycrianza.com
http://www.miriamtirado.com/es/
http://mamaom.es/

jueves, 22 de junio de 2017

Hello Summer


¡El verano ya está aquí!

Oficialmente el verano empezaba ayer, pero ya lleva con nosotros un par de semanitas, pues hemos terminado la primavera más calurosa que yo recuerdo. 

Y hoy comienzan las vacaciones de verano. Para muchos un momento de descanso y relax, para otros un agobio pensando cómo conciliar. 

Yo, como el año pasado, tengo la suerte de disfrutar del verano con mis hijos sin tener que cuadrar agendas, vacaciones y campamentos. 

Hagáis lo que hagáis, os deseo a todos un FELIZ VERANO disfrutando de vuestros hijos, de la familia y de los amigos. Porque en el tiempo libre es donde manifestamos cuáles son las cosas y las personas que nos importan, porque es el tiempo donde podemos elegir qué hacer y con quién disfrutarlo.






viernes, 2 de junio de 2017

El dolor en el parto ¿Cómo aliviarlo?

Uno de los miedos más comunes entre las embarazadas, principalmente las primerizas, es el dolor en el parto.

¿Cuánto va a doler? ¿Seré capaz de aguantar el dolor? 

Son algunas de las preguntas más frecuentes que nos hacemos, al temer sentir un dolor excesivo. Pues se trata de un dolor que nunca antes hemos experimentado y no sabemos a lo que nos vamos a enfrentar.
Pese a la idea de que cada uno tiene un umbral de sensibilidad ante el dolor, hay estudios que demuestran que nuestra reacción ante el dolor depende más de procesos mentales, es decir, del momento y la circunstancia en la que nos encontremos y en la que aparezca ese dolor. Por eso, ser conscientes de que el dolor en el parto tiene un sentido nos ayuda a enfrentarnos mejor a él, e influirá nuestra actitud y el apoyo y atención que recibamos.


El problema es que vivimos en una sociedad en la que todo es rápido, buscamos “lo fácil” y tenemos muy poca capacidad de sacrificio, y no queremos que los partos sean de otra manera. Por eso, es común escuchar decir a muchas mujeres que lo único que quieren es “que pase rapidito”, “que se lo saquen” y, por supuesto, “que no duela”.

En el último siglo la medicina ha avanzado y se han logrado muchos descubrimientos. La mejora de la sanidad se ha visto acompañada de la generalización de los partos hospitalarios reduciendo la tasa de mortalidad materno-infantil. Las mujeres comenzaron a acudir a los hospitales a dar a luz porque se sentían más seguras. El problema viene cuando los avances (la epidural, la oxitocina, los monitores…), en vez de ayudar al caso particular que lo necesita, se generalizan para toda la población. Lo que conlleva realizar una alta tasa de partos intervenidos e instrumentalizados. Debido a que una pequeña intervención desencadena otras muchas que, si no son necesarias, en vez de ayudar, perjudican los partos naturales, la recuperación postparto y la lactancia.

Ir a los hospitales confiadas en el apoyo y ayuda del personal sanitario que nos va a atender no es malo per se, pero ha hecho que con el paso de los años hayamos perdido la trasmisión entre generaciones del arte de dar a luz y la sensibilidad para reconocer los cambios que se producen en nuestro cuerpo durante el parto, “dejándonos hacer”, no siendo protagonistas y perdiendo la capacidad de disfrutar de un momento tan especial y único como es el nacimiento de un hijo.

No podemos olvidar que una madre embarazada no está enferma. Tampoco una madre que da a luz está enferma. Vamos al hospital no por enfermedad, sino para recibir una atención adecuada y por estar cerca de unos recursos en el caso de ser necesarios. Una madre que va a dar a luz tiene que ser protagonista del nacimiento de su hijo. Es ella la que da a luz, no los médicos los que sacan al bebé. Es la madre la que siente lo que sucede en su cuerpo y en su hijo, es ella la que le acompaña a nacer.

No digo que dar a luz no sea doloroso. La cuestión fundamental es la forma de estar nosotras en el alumbramiento de nuestro hijo, cómo nos acompañan las personas que están a nuestro lado en el parto (que deben ser las mínimas, de nuestra confianza y con poca intromisión e intervención) y en nuestra capacidad de entrega y sacrificio. Una madre es una sola cosa con el bebé que lleva dentro, que se conecta a sus emociones y a sus sensaciones físicas, incluso al dolor. Y mediante la respiración y el movimiento es capaz de controlar y manejar el dolor.

Tenemos que saber que las contracciones no son dolores, son comprensiones que pueden resultar dolorosas sobre todo cuando su eficacia es máxima. Las contracciones del útero ayudan al bebé a que se vaya colocando y que vaya abriéndose camino.
Las contracciones no aparecen de repente. Toda contracción tiene un inicio suave, un punto culminante y un tiempo de reposo antes de la siguiente.  A medida que las contracciones se van haciendo más fuertes, más largas y más seguidas, la sensación de presión se hace más intensa. Si no dejamos que este proceso suceda a su ritmo, no seremos capaces de irnos adaptando a ese dolor. Me explico. El cuerpo tiene un diseño perfecto y todo está calculado al milímetro. Sólo tenemos que dejar que las cosas que tienen que suceder en el momento de dar a luz pasen cuando tienen que pasar. Si como os decía antes, generalizamos las intervenciones (innecesarias) nuestro cuerpo no reacciona de la forma que debería. Por ejemplo: si nos inyectan oxitocina sintética, y no es necesario (que en un parto natural nunca es necesario, salvo para acelerar el proceso), las contracciones se aceleran, llevan un ritmo que no podemos controlar ni aguantar, y evidentemente vamos a desear pedir la epidural. No es lo mismo, que las contracciones (que son como olas) vayan fluyendo poco a poco y creciendo progresivamente en intensidad, a que nos inyecten oxitocina sintética y de repente tengamos un oleaje constante y fuerte. Si nos da la ola de golpe, nos tumba, si vienen poco a poco las saltamos.

Si dejamos que el proceso sea a su ritmo, al ritmo que marca nuestro cuerpo, seremos capaces de  hacer frente a ese dolor que va viniendo poco a poco. Os pongo otro ejemplo. Es como querer hacer una carrera a toda velocidad el primer día. Sin embargo, el parto es como una carrera de fondo. Tenemos que ir poco a poco, manteniendo el ritmo y las respiraciones y al final darlo todo con un último esfuerzo. Acabaremos agotados, pero podremos conseguirlo. Si queremos correr a máxima velocidad la misma distancia, quizás tardaríamos menos tiempo, pero nos será imposible llegar al final sin desfallecer. Pues esto mismo sucede con el dolor en el parto.

Ante este miedo al dolor, ante el desconocimiento de nosotras mismas, ante las intervenciones innecesarias y ante la confianza ciega en el personal sanitario (¡OJO! Que tengo muchos amigos sanitarios y he dado a luz a mis 3 hijos en el hospital), la epidural se ha convertido en el método más usado para reducir el dolor de las contracciones durante el trabajo de parto. En España en torno al 80% de los partos vaginales tienen lugar con anestesia epidural. Pero no podemos olvidar que la epidural es una intervención médica que tiene riesgos tanto para la mamá como para el bebé y por esta razón jamás debemos usarla de manera rutinaria. 

Manejar el dolor no siempre es fácil, aunque queramos un parto sin epidural. Pero no podemos llegar a dar a luz y lo primero que pidamos sea la epidural, sin intentar si quiera aguantar las primeras molestias. Antes de llegar a usar fármacos para aliviar el dolor, es recomendable intentar reducir el dolor usando otros métodos de alivio natural del dolor.

Lo fundamental es el apoyo psicológico y emocional que reciba la embarazada por parte de la persona que haya decidido que le acompañe en el nacimiento de su hijo. Habitualmente es la pareja, pero puede ser cualquier persona de su confianza, como su madre, hermana, amiga o una doula. Es importante que ésta le acompañe en silencio, sin juzgar, dándole ánimos cuando lo necesite, e intercediendo por ella ante el profesional que le atiende.

Lo siguiente más importante es elegir el lugar que te da más confianza y seguridad para dar a luz. En las últimas décadas lo normal es dar a  luz en el hospital, pero cada vez hay más madres que prefieren dar a luz en casa como toda la vida, debido, como os comentaba antes, al aumento del intervencionismo y falta de privacidad. Estas madres que eligen dar a luz en casa, deben tener embarazos de bajo riesgo, informarse bien y buscar a un equipo de matronas y enfermeras que ofrezcan este tipo de servicios.
Si eliges dar a luz en el hospital, no todos funcionan de la misma manera. Es importante que visites las instalaciones y te informes del protocolo que realizan en los partos, de poder llevar tu plan de parto, de si posee una UCI Neonatal en la que puedas estar la mayor parte del tiempo con tu bebé haciendo piel con piel en caso de que el bebé se tenga que quedar ingresado.


Respiración y relajación. Cuando sentimos dolor, tendemos a ponernos tensos y cambiamos el ritmo de nuestra respiración (reprimimos la respiración, jadeamos o respiramos con rapidez), pero esto no hace más que empeorar el dolor.
Concentrarse en la respiración nos hace tolerar mejor el dolor de la contracción. Para ello hay que respirar de una forma suave y rítmica. Respirar y relajarse entre las contracciones ayuda al útero conseguir todo el oxígeno que necesita para seguir realizando las contracciones de forma adecuada. Respira hondo. Todo lo hondo que puedas y cuando hayas exhalado todo el aire lentamente, incluso con un pequeño gemido, la contracción habrá pasado.

Libertad de movimiento. Una de las mejores formas de manejar el dolor consiste en moverse. Caminar, balancearnos, cambiar de posición o usar la pelota de pilates o la hamaca. Además ayuda a la colocación del bebé en el canal del parto. Durante el expulsivo, adoptar una postura vertical o a cuatro patas mejora y acelera la salida del bebé, versus la posición supina (tumbada boca arriba). En caso de estar tumbadas la mejor postura es lateral.
La pelota de pilates: Sentarnos sobre ella y hacer movimientos de la cadera favorece la colocación del bebé en el canal del parto (puedes realizar estos ejercicios durante todo el embarazo, para el bebé es como una danza, como si le mecieras), calma la presión y el dolor que sientes en vagina y deja la espalda libre para que te den un masaje para aliviar el dolor de riñones.
La hamaca: En algunos hospitales encontramos una hamaca o fular de porteo colgado del techo. Lo interesante de este sistema es que podemos sostener todo nuestro peso mientras nos relajamos y nos balanceamos. Si tienes un fular de porteo y quieres probar en casa, solo tienes que sujetarla a un gancho en el techo o atarla a una viga.

Los masajes de presión suave sobre la zona ayudan a reducir la tensión muscular y a relajarnos. Además es una forma de recibir ayuda, apoyo y cariño de la persona que has elegido para que te acompañe durante el parto.


Aplicar frío o calor sobre la zona y darnos una ducha o baño de agua caliente. Disminuyen la sensación de dolor y nos ofrecen bienestar. El agua caliente durante la dilatación ayuda a relajarse y reduce la ansiedad. Cada vez hay más hospitales que cuentan con duchas o bañeras para que puedas usarlas durante la dilatación.

Tener pensamientos positivos y recuerdos bonitos que nos alegran y hacen que las sensaciones dolorosas que percibimos en nuestro cuerpo también disminuyan. Piensa que cada contracción es una menos para tener en brazos a tu bebé. El momento de abrazarle y mirarle a los ojos cada vez está más cerca.

Crea un ambiente agradable. Baja las luces, pon música que te guste (musicoterapia), velas, aromas (aromaterapia). Aunque no te parezca importante, para muchas mujeres lo es. Si estás en casa es fácil, pero en algunos hospitales te permiten hacerlo y crea un clima más acogedor y confortable.


Otras técnicas son: canto prenatal, rebozo, acupuntura, reflexología, flores de bach, hipnosis. De las que puedes buscar más información si te resultan interesantes.


Y tú, ¿cómo esperas que sea tu parto?